martes, 2 de septiembre de 2014

Érase una vez...

Érase una vez una chica que se pasaba la gran parte de su vida leyendo. Leer siempre había sido su actividad favorita, pero no lo hacía simplemente en su habitación, en su espacio, sino que tenía la capacidad de ejercer dicha actividad en la mayoría de lugares. En una sala llena de gente con un ruido ensordecedor, caminando por la calle, en cualquier transporte, tumbada en la playa, en la azotea… Tenía la curiosa capacidad de evadirse del mundo en cualquier situación, pero tan sólo lo conseguía cuando un libro reposaba entre sus manos.  Sus maravillosas historias la envolvían de tal manera que su mente se trasladaba a esos mundos de una manera admirablemente rápida y por mucho que llamaras su atención, la chica nunca desviaba la vista de sus preciados libros.

Pero, sin duda, había un lugar especial donde disfrutaba la lectura de tal manera que era como si de verdad estuviera dentro de esos papeles. Era su lugar secreto en el mundo, su refugio. Para llegar a tal sitio tenía un largo recorrido, y como era capaz de llegar con los ojos cerrados aprovechaba ese camino para seguir leyendo. Era un rincón escondido de un bosque cercano a su pueblo, en el cual se tenía que ascender un buen trecho, pero todo el esfuerzo tenía su merecida recompensa. Era una especie de cueva que desde su abertura daba lugar a unas vistas impresionantes de montañas, cielo, nubes y un lago. En ese lugar te podías comunicar con el mundo, te dabas cuenta de que nada es imposible y de que nuestro universo es mágico. Estamos rodeados de magia.

Un día, que podía haber sido como otro cualquiera, pero que en el fondo no lo era, porque la chica se sentía realmente triste, ya que uno de sus personajes favoritos de su actual novela había muerto cruelmente y aunque pareciera una tontería ella se tomaba muy a pecho sus personajes, eran realmente su familia y los comprendía, sufría cuando ellos sufrían y daban saltos de alegría cuando ellos eran felices.

A causa de su gran tristeza, se quedo dormida en su cueva con lágrimas en los ojos. Al despertar, estaba en medio de un lago encima de una mesa rota y con un paisaje realmente familiar. A lo lejos se veía un chico con unas rastas azules que podría reconocer en cualquier lugar del planeta. Lo había conseguido, su sueño más profundo se acababa de cumplir. Se encontraba dentro del libro, justo al principio de la historia y quizás ella podría evitar la trágica muerte del personaje principal…

Futuros imaginarios.

Nos dedicamos gran parte de nuestra vida a pensar qué nos deparará el futuro, tenemos ideas totalmente detalladas, no hacemos nada más que planear… Pero, ¿para cuándo dejamos esa acción a la que se llama vivir?

Aunque no nos demos cuenta, el tiempo vuela, y de la manera más rápida posible. Una cosa que he ido aprendiendo a lo largo de los años es que tenemos que vivir al máximo nuestras experiencias, hacer cosas, para luego poder revivirlas y recordarlas. No tenemos que esperar sentados mientras planeamos nuestra vida, porque al fin y al cabo la vida es aquello que pasa mientras la estamos planeando.


Pero también existen futuros a los que aferrarse, futuros más cercanos. Promesas que una vez que haces sabes que tienes que cumplirlas, sueños, reencuentros…
Siento que últimamente mi vida consiste en eso, en futuros imaginarios, que me llenan, que me hacen feliz pensando que algún día se cumplirán. Y quizá imaginando esos futuros podemos hacerlos reales, o quizá no, pero en cualquier caso tenemos que imaginarlos.